
La reina
Denise Dresser30 Jul. 07
Elba Esther I, bautizada así y de manera acertada por la revista emeequis. Sentada en el trono, vestida de manera suntuosa, rodeada de vasallos que la admiran o le temen. Mujer de cara polveada, mujer de rizos laqueados, mujer de mirada satisfecha ante lo que ha logrado, lo que ha conquistado, el pináculo al cual ha podido ascender. Pensándose majestuosa. Creyéndose indispensable. Sintiéndose omnipotente. Ignorante frente a la realidad de quién es y en quién se ha convertido. La reina decrépita del coto corporativo que un país republicano debe rechazar. La emperatriz encorvada cuyo poder necesita ser guillotinado.Basta con leer sus declaraciones en semanas recientes para entenderlo. Basta con ver la entrevista que le hizo el periodista Raymundo Riva Palacio para comprender por qué se ha vuelto indispensable arrebatarle el cetro. Elba Esther Gordillo se ha coronado a sí misma reina de México y actúa así. Desde su palacio en San Diego despotrica contra sus adversarios y encomia a sus aliados. Da órdenes, lanza dictados, decide el destino de los meros mortales que la rodean. Grita "córtenle la cabeza" a Josefina Vázquez Mota tal y como lo hiciera la imperiosa Reina de Corazones -en Alicia en el país de las maravillas- con cualquiera que osara desafiar su autoridad. Elba, sanguinaria Elba. La que todo lo sabe, todo lo controla, todo lo decide.Elba la Vitalicia, quien en un acto de arrogancia incontenible ha decidido demostrar quién manda en México. Ella y sus hijas. Ella y el SNTE, en cuya presidencia se consagra. Ella y su séquito de 1.4 millones de maestros sindicalizados. Ella y el partido que les creó. Ella por encima del Presidente y el Gabinete y los dirigentes partidistas y los electores y los ciudadanos. Vanagloriándose del poder que tiene y que Felipe Calderón -por debilidad- le ha permitido acumular. Entronizada por un príncipe al cual ahora carga en la palma de su mano. A quien, de cuando en cuando, le recuerda cómo lo rescató de las huestes revolucionarias, de las masas descontentas, del llano en llamas que ella ha podido apagar. Elba la Sabia, susurrándole a su protegido que a los maestros les va a deber todos los días la paz social, porque "no vamos a hacer movimientos que desestabilicen al país".Elba la Temible, ante quien la clase política entera se arrodilla por miedo a la movilización. Allí están los Gobernadores postrados, los senadores encogidos, los diputados buscando protección, agazapados a sus pies. Cortesanos, todos. Temiendo que ella agite a quienes toman las calles y paralizan a los Estados y amenazan con tumbar a los gobernadores. Temiendo que ella use a sus siervos para llenar urnas y conseguir votos y determinar resultados electorales.Elba la Generosa, ante quien los maestros se postran por todo aquello que les da, todo aquello que les consigue. Primas y prestaciones; ascensos y aguinaldos; salarios y sobresueldos; candidaturas y curules. Las glorias compartidas que su reino ininterrumpido -desde hace 18 años- reparte entre los disciplinados. Y por ello, los maestros le besan la mano. Acuden presurosos a Tijuana, a refrendar su derecho divino, a otorgarle un mandato ahora y para siempre. Consejeros convertidos en lacayos; dirigentes convertidos en súbditos; el SNTE convertido en juglar del palacio. La autonomía sindical usada como escudo para el fortalecimiento del poder personal.Elba la Corrupta, porque el país le ha permitido que lo sea. La maestra rural convertida en su majestad real, con propiedades en París y departamentos en México y casas en San Diego. Producto de un sistema clientelar y una de sus principales beneficiarias. Arrugada, autocrática, arcaica, como lo fueron sus predecesores, Fidel Velázquez y Leonardo Rodríguez Alcaine. Más preocupada por defender su feudo personal que por mejorar la educación de quienes lo habitan. Más interesada en ostentar su poder, que en usarlo para bien de México. La que "salva" al país de la inestabilidad política, para condenarlo a la mediocridad educativa.Elba la Terrible, porque aún existe y ejerce el poder como lo hace: de manera impune, de forma arbitraria, con opacidad. Porque Felipe Calderón lo fomenta. Porque la Secretaría del Trabajo lo avala. Porque la Secretaría de Educación Pública no lo puede o no lo quiere impedir. Sólo así se explica el silencio de Los Pinos cuando Elba Esther llama "ignorante" a Josefina Vázquez Mota. O el "pilón" de 500 millones de pesos en la negociación salarial del 2007. O el incremento en el porcentaje de becas controladas por el sindicato. O las exenciones fiscales exigidas y finalmente obtenidas. Como siempre, la persistencia de viejos intereses, encubiertos bajo una nueva retórica.El Presidente dice que sólo con el apoyo de Elba Esther Gordillo puede reformar a la educación y modernizarla. Pero nada parece sugerir que ésa sea la meta de ella o el deseo de él. Más bien, todo parece indicar que el Príncipe Protegido continuará pagándole a la Reina Rapaz para que le permita gobernar, mientras ella insiste en hacerlo también. Ella en el trono, él en su regazo. Con los costos conocidos, con los rezagos acumulados, con la educación como rehén de una relación indispensable pero perversa.Y políticamente contraproducente. Cada vez que Elba I presume el poder que tiene, expone a un Presidente que se lo ha entregado. Cada vez que la monarca mexicana resiste reformas a la educación, confirma que Calderón no está verdaderamente comprometido con ellas. Cada vez que la reina autoproclamada de México insiste en actuar como tal, debilita al delfín que se empeñó en ayudar. Pero no puede evitarlo. A Elba Esther siempre le ha ganado la demostración de poder por encima de los objetivos para usarlo. Siempre ha preferido ser vista como reina por las voluntades que doblega, que ser respetada por la modernización que emprendió. Siempre le ha importado más crear un país de vasallos que un país de ciudadanos.Por ello, hoy es una reina anticuada, cuyo tiempo ha pasado. Es una reina caduca, incapaz de reconocer que sus compatriotas quieren sustituir los protocolos reales por las prácticas democráticas. Incapaz de entender el rencor ante sus abusos y el enojo ante su perpetuación. Como Carlos I, impasible ante la guerra civil que desató. Como Luis XVI, perplejo antes de su ejecución. Como María Antonieta, sorprendida antes de su encarcelamiento. Reyes y reinas que no emprendieron reformas desde arriba, y acabaron descabezados por revoluciones desde abajo. Entonces ahora que Elba Esther se declara "incómoda con lo que pasa en el país", quizás debería mirarse al espejo. Y quitarse la corona.